La cultura digital ha convertido la riqueza en un espejismo permanente, un decorado que se presenta como alcanzable aunque la mayoría viva en condiciones que lo contradicen. El mensaje es claro: si no eres rico, es porque no te esfuerzas lo suficiente. Y mientras tanto, nuestra realidad material se deteriora. La riqueza se ha vuelto un ideal omnipresente, pero también una forma de disciplinamiento: un recordatorio constante de lo lejos que estás de donde “deberías” estar.

Asomarse al lujo, a lo exclusivo y a lo inalcanzable despierta nuestra curiosidad y nuestro deseo aspiracional. La pobreza, en cambio, ha ido perdiendo presencia e interés en las ficciones desde la popularización del internet mainstream a partir de 2010. No es que no existan series sobre la experiencia de no llegar a fin de mes, pero en un contexto saturado de contenidos, estas historias no han tenido la misma popularidad que las centradas en vidas privilegiadas. Esto nos obliga a preguntarnos qué dice esto de nuestro imaginario colectivo, qué problemas señalan estas ficciones y qué horizonte de futuro están dibujando.
Aunque la riqueza nunca ha dejado de fascinarnos, en los últimos años se aprecia un cambio en la forma de representarla, especialmente en su relación con el poder, en series como Succession, The White Lotus, Knives Out o Mountainhead. En Succession, por ejemplo, “la riqueza permite aislarse, esquivar la ley y crear reglas propias”. A medida que aumentan las traiciones familiares, también se muestran los muros que separan la vida de los multimillonarios de la clase trabajadora.
Pero lo más llamativo de estas ficciones recientes es el diseño de personajes: seres despreciables, desconectados de la realidad, con los que resulta imposible empatizar. Ya no podemos vernos reflejados en los problemas de los más ricos. Su estilo de vida los ha educado para creerse una especie superior, por encima del bien y del mal. Mientras que históricamente predominaban las representaciones aspiracionales de la riqueza, hoy encontramos una ridiculización necesaria para poder digerir sus excesos y dramas. El pathos cómico sería lo único que permitiría convertir en ficción digerible historias reales como los documentos de Epstein o las agresiones sexuales de Julio Iglesias a sus trabajadoras.
Además de la falta de escrúpulos, la insostenibilidad de la vida lujosa empieza a formar parte del imaginario colectivo: una riqueza así no puede universalizarse, depende de la explotación ajena y de los límites materiales del planeta. Según datos recientes de Intermón Oxfam, el 1% más rico del planeta ha generado en solo diez días las emisiones que le corresponderían hasta 2026. Los doce mayores multimillonarios poseen más riqueza que la mitad de la humanidad. Las series sobre ricos combinan crítica y escapismo: nos permiten observar su sufrimiento y confirmar que su ambición desmedida no les aporta felicidad, pero aun así dejan un poso aspiracional. Si el mundo se vuelve inhabitable en cien años, muchos preferirían vivir el final desde un hotel de lujo en Tailandia o desde una nave rumbo a Marte.
Curiosamente, muchas de estas ficciones no hablan de aristócratas que han heredado fortunas, sino que refuerzan el mito de la meritocracia: presentan la riqueza como fruto del esfuerzo personal, legitimando así grandes acumulaciones de capital, como la de Logan Roy, un hombre que supuestamente “se ha hecho a sí mismo”. Aunque el dinero no garantice la felicidad, sí protege de la precariedad, y eso es lo más seductor. Por eso tantos discursos sobre “cómo hacerse rico” se basan en la idea del esfuerzo y la mentalidad adecuada, como en En busca de la felicidad o en best sellers como Hábitos para ser millonario. Estos relatos transmiten la falsa creencia de que cualquiera puede hacerse rico si se sacrifica lo suficiente, y que si no lo consigue es culpa suya.
Esta admiración hacia los ricos como seres de un estadio superior se refleja también en quienes trabajan para ellos. La socióloga Alizée Delpierre explica en ‘Servir a los ricos’ que muchas trabajadoras domésticas han pasado de la precariedad a la servidumbre a cambio de dinero y bienestar material. En un sistema donde ni trabajando puedes pagar un alquiler, entregar tu vida a una familia rica parece una salida razonable. Muchas de las trabajadoras entrevistadas se sienten afortunadas por tener un lugar donde vivir y salarios competitivos, entre 2.000 y 12.000 euros mensuales según el cargo.
Si pensamos los problemas económicos en clave individual, las únicas salidas rápidas parecen ser ganar la lotería, heredar, casarse con un rico o conseguir un empleo muy bien pagado.
Esta es la moralidad de muchas ficciones sobre personas pobres, desde El lobo de Wall Street hasta El juego del calamar: prospera quien entiende las reglas del capitalismo y se adapta mejor. En lugar de generar odio hacia los ricos, se ofrece a los pobres un porcentaje ínfimo de riqueza para evitar que se movilicen. La desmovilización es uno de los efectos de estas historias.
Siguiendo a Stuart Hall, las ficciones no son inocuas: construyen significado y producen realidad social. Nos dicen qué es normal y qué no. Expanden una forma de entender el mundo basada en simplificaciones y binarismos. Las representaciones de la pobreza suelen mostrar vidas caóticas, al límite, o romantizar la austeridad como algo suficiente, como ocurre en Perfect Days, donde se idealiza la vida de un limpiador de baños públicos en Tokio mediante imágenes bellas y contemplativas.

Si pensamos en series sobre pobreza de los últimos diez años, probablemente la primera que venga a la mente sea Shameless (versión estadounidense). Desde entonces no hemos visto historias sobre personas en riesgo de exclusión social con tanta presencia ni popularidad. Atlanta también comenzó como una serie sobre pobreza y racismo sistémico, pero pronto evolucionó hacia la crítica del lujo blanco. En Shameless, la primera temporada retrata una vida de barrio comunitaria y solidaria, pero a medida que avanza la serie, el estilo de vida americano individualista se impone. Fiona, la hermana mayor, sale de la pobreza mediante la especulación inmobiliaria, comprando y revendiendo propiedades en un barrio en gentrificación.
Aunque Shameless muestra los males contemporáneos de la precariedad, no consigue enseñar una salida que no sea individualista ni que rompa las reglas del juego. Sufre el mal del realismo capitalista y es incapaz de proyectar un futuro distinto. En los años 80 y 90, las series sobre clases bajas en Reino Unido criticaban las políticas de Margaret Thatcher. En Cataluña, el paso de El cor de la ciutat a La Riera muestra un cambio similar: de una serie de barrio a otra centrada en la familia más rica del pueblo. Las ficciones actuales sobre pobreza pierden el foco sistémico en favor de relatos individualistas.
Cuando aparecen movimientos colectivos en las series, suelen disolverse por ilegalidad, cooptación o desgaste. Boltanski y Chiapello explicaban que el capitalismo absorbe y neutraliza las críticas, convirtiéndolas en discursos inofensivos. Esto conecta con el realismo capitalista de Jameson y Fisher, que fomenta la pasividad y el individualismo. Series como The White Lotus perpetúan un relato aspiracional oculto: la única salida deseable al malestar es que te toque la lotería y puedas retirarte a un resort.
En un momento marcado por la precariedad laboral y la crisis de la vivienda, estamos más acostumbrados que nunca a ver ficciones sobre ricos o distopías donde una persona joven puede pagar un alquiler en Nueva York, Londres o Barcelona sin ayuda familiar. Mientras tanto, la brecha entre ricos y pobres se amplía, y cada vez más personas entran en riesgo de exclusión social. Es un fenómeno global, especialmente en las ciudades más ricas de Occidente.
La investigadora Grace Blakeley cita un informe que muestra que 6,8 millones de personas en Reino Unido viven en pobreza profunda. Aunque los índices oficiales se mantienen alrededor del 20%, la realidad material se deteriora por el aumento del coste de la vivienda. Blakeley argumenta que la inflación es política: el encarecimiento de la vida es resultado de decisiones que favorecen a los ricos.

Aquí entra en juego el concepto de Vulture Capitalism, que conviene explicar con más claridad. Según Blakeley, en esta fase del capitalismo las grandes corporaciones y el capital financiero ya no crean riqueza, sino que la extraen. No innovan ni producen valor social: se enriquecen aprovechando crisis, privatizaciones, deuda pública y rescates estatales. Es un capitalismo carroñero que se alimenta de lo que está en ruinas. Las crisis se convierten en oportunidades para comprar activos públicos o empresas en dificultades a precio de saldo. La privatización de servicios esenciales convierte necesidades básicas en nichos de negocio. La deuda se usa como mecanismo de extracción continua. Y cuando las corporaciones fallan, el Estado las rescata; cuando fallan las personas, se las culpa. En este contexto, la democracia política no puede funcionar sin democracia económica.
Las crisis se convierten en oportunidades para comprar activos públicos o empresas en dificultades a precio de saldo. La privatización de servicios esenciales convierte necesidades básicas en nichos de negocio.
Nos han dicho que la desigualdad se soluciona con crecimiento económico o reformas laborales, pero estas supuestas soluciones ocultan una verdad evidente: la pobreza de quienes están en la base de la estructura social es consecuencia directa de la riqueza de quienes están en la cima. No acabaremos con la pobreza sin enfrentar el poder de los ricos. Además, la idea de crecimiento infinito choca con los límites planetarios. Mientras sigamos creyendo que el progreso científico-técnico resolverá la precariedad y la crisis climática, las condiciones sociales y económicas seguirán empeorando para el 99%.
¿Y qué pasa con la clase media?
A lo largo de este vídeo me he focalizado en pensar la pobreza, ya que muchas veces las representaciones de ‘clase media’ de las series, sobre todo si son norteamericanas, cae en representar una clase media que en realidad es rica (como en las chicas Gilmore, donde se esfuerzan en enseñar a Lorelai como a una mujer que huyó de su familia y se hizo a sí misma y que quieren mostrar como una working class hero cuando es jefa de un hotel y tiene una casa en propiedad, well…). No sé si hoy en día tenemos tan presente la idea de la clase media como a principios de los 90-2000, pero me parecieron muy interesantes los ensayos de Antonio Gómez Villar y Jean Philippe Kindler y pensé que valía la pena ampliar un poco el vídeo en esta línea.
Y antes de entrar en la cuestión de la clase media, creo que está bien hacer la diferenciación entre lo que hemos visto hasta ahora en los tradicionales 3 estratos sociales: clase media, se suele entender como una posición social que permite desarrollar el proyecto de vida hegemónico y mayoritario de una sociedad. La clase alta vive en unas condiciones materiales por encima de la media. Y la clase baja es aquella que no tiene las condiciones materiales suficientes para vivir por encima del umbral pobreza. Por lo que, por ejemplo en Shameless los protagonistas aspiran a poder salir del umbral de pobreza y ser clase media (menos Frank que es un caso aparte y cuando tiene dinero lo gasta viviendo una noche de millonario).
Sobre todo, a partir de haber entrado a ver algunos k-dramas, donde el dinero siempre aparece tematizado de una forma u otra y suelen mantener la misma constante. Tener dinero, poderte comprar ropa de marca y llevar coches caros se asocia con el éxito. Prosperar laboralmente para poderte comprar más y mejores cosas es un ideal que las series surcoreanas reflejan como un objetivo. Y precisamente esta es una idea que el filósofo Antonio Gómez Villar presenta en su ensayo ¿Qué hacemos con la clase media?. A través de autores como Marcuse o Pasolini nos explica que en el capitalismo tardío «La ‘clase obrera’, en singular, fue reemplazada por las ‘ clases populares’, definidas fundamentalmente a partir de su capacidad de consumo.» (p. 15)
Y es que el deseo de cambio social impulsado por la clase obrera fue superado con un anhelo aspiracional individual: poder disfrutar de más bienes materiales de lo que habían podido tus abuelos, de viajar más y más lejos, de, a fin de cuentas, ampliar nuestra capacidad de consumo como mejora de nuestra situación particular. Antonio Gómez lo explica a través de la serie Cuéntame cómo pasó, donde la familia protagonista va ascendiendo socialmente a partir de la ampliación de su capacidad de consumo. Hay un salto cultural e histórico enorme entre Cuéntame cómo pasó y los kdramas, pero me parece que sí que podemos extrapolar esta presencia de la capacidad adquisitiva de las personas como medidor de éxito.

En este sentido, creo que solo os quiero recomendar una de estas series, Start Up. Y es que tras la historia de amor que ocupa la trama principal vemos que las aspiraciones y los sueños de los protagonistas es ‘hacerse ricos’. Hacer dinero es el motivo principal que les mueve a actuar, y claro, lo consiguen (esto no cuenta como spoiler). Me hizo gracia porque te hace un muestreo de cómo funcionan las empresas desde que se crean, sistemas de inversores, crisis, qué pasa cuando una empresa falla y tal dentro el capitalismo de plataformas. Una especie de Silicon Valley sud-coreano.
En realidad, la mejora económica es un factor que vemos en la mayoría de los k-dramas, seguramente por la necesidad de proyectar escenarios donde el aspiracionismo es la rueda que mueve a la sociedad a esforzarse y trabajar por sus sueños.
A hacernos creer el mito de a meritocracia, que en parte, al final, es una de las patas que permite que la mayoría de la población tolere y vea aceptable que haya gente mega rica; porque consideran que se lo han ganado. Y como dice Kindler, esto no solo facilita la aceptación de la riqueza extrema sino que también genera malestar entre clase media y baja, sobre todo en lo que refiere a la cuestión de la redistribuición económica por medio del estado del bienestar, y dice: «Si la gente cree seriamente y de todo corazón que se ha ganado sus ingresos y patrimonio mediante el trabajo, la idea de que otros reciban una renta básica durante sus estudios para poder educarse sin angustia les resulta francamente absurda.» Creo que las ideas se relacionan bien con lo que apunta Antonio Gómez, al final llevamos viviendo en una sociedad con el foco puesto en la individualidad y, como máximo, en la familia: los míos. Pero antes de seguir con la clase media, pensaba en esto de las ayudas a estudiantes, y es que tanto Kindler como Gómez señalan la precariedad que tenemos normalizada de la vida estudiantil como el comer pasta tres días para ahorrar. Y el problema es que no se queda ahí, sino que sigue a medida que avanzas en la estructura académica, que mantiene a la gente dentro de la pobreza material. De hecho una amiga me explicaba que cuando estaba haciendo la tesis lo pasó muy mal a nivel malestar mental. Porque escribir una tesis es solitario y duro, pero sobre todo, es materialmente muy pobre. Muchas becas no llegan al SMI y como dice Kindler, la mayoría de estudiantes viven en situación de pobreza que, como decía, tenemos socialmente muy normalizada.
Volviendo a la clase media y siguiendo a Marx, la clase media era concebida como un sostén de una sociedad dividida en diferentes jerarquías, estratificada, que podría reducir el conflicto entre clases. Como una especie de mediación entre clases. Y por este motivo la emancipación socialista no puede usar esta mediación social de la clase media, ya que la clase media es ante todo una ‘fuga de clases’. La clase media crea la ilusión de una sociedad casi sin clases, es una ficción que permite el funcionamiento de las sociedades capitalistas.
Kindler propone superar las políticas identitarias porque esconden aquello que realmente nos atraviesa: la precariedad, la pobreza. Su statement más fuerte de este brevísimo ensayo es que la buena vida debe ser conquistada para todos. Algo que en ‘¿Qué hacemos con la clase media?’ se desgrana como algo bastante complejo dadas las expectativas de lo que tenemos en nuestro imaginario que es una buena vida. ¿Cómo se puede pensar la sociedad de forma cooperativa, compuesta por un gozo comunitario que tenga un horizonte de prosperidad y buena vida como horizonte compartido? Pues aparte de superar la política identitaria que decía Kindler, también se trata de encontrar aquellos puntos que nos unen frente al 1% más rico que especula con los derechos básicos como la sanidad o la vivienda. Gómez Villar nos dice que en 2008 quizás fuera la PAH en 2026 a lo mejor esté en sindicatos de vivienda, desde donde se pueden tejer sentidos nuevos entre clases que socialmente están tensionadas.
¿Cómo representar estas realidades sin caer en el drama terrible? ¿Por qué no tenemos grandes ficciones comunitarias con propuestas alternativas de organización de la sociedad? Hablando con Tati, compañere de Pantube y creadore del pódcast Tafaneres (donde dedican un episodio al concepto de ‘richporn’), me decía que Ursula K LeGuin decía que la ficción que nos engancha es la ficción de la flecha, la que tiende hacia arriba y adelante. Me decía que se trata de la narrativa del héroe, el que siempre va mejorando. No estamos acostumbradas a las ficciones de la ‘bolsa’, las ficciones circulares y comunitarias que aparentemente no se ‘mueven’. Las ficciones del héroe, las guiadas por una flecha de mejora nos ayudan a evadirnos de nuestra realidad no ascendente como se pinta en el imaginario capitalista y que vemos en muchos kdramas.
Dado el poder que tienen las ficciones para construir realidad, necesitamos nuevas historias que imaginen futuros donde los ricos no controlen el mundo o donde directamente no existan. Quizá necesitemos organizar la rabia, como propone Oriol Erausquin, y tomar el volante del mundo.
Pero no basta con organizar la rabia. La rabia, por sí sola, se quema rápido. Lo que necesitamos es transformar esa rabia en imaginación política, en capacidad de pensar más allá de lo que el capitalismo nos permite imaginar, algo que venimos tratando intensamente en todos los vídeos de este canal. Porque si algo ha conseguido este sistema es convencernos de que no hay alternativa, de que cualquier intento de cambiar las cosas es ingenuo, peligroso o directamente imposible. Y esa es su mayor victoria.
Las ficciones que consumimos cada día participan en esa operación: nos muestran mundos donde la riqueza es natural, donde la desigualdad es inevitable, donde la única salida individual es ganar, adaptarse o sobrevivir. Mientras que la posibilidad de un futuro distinto se va estrechando.
Por eso necesitamos nuevas historias. Historias que no solo critiquen a los ricos, sino que cuestionen la propia existencia de la riqueza extrema. Historias que no romantizen la precariedad ni la conviertan en estética como ocurre con Perfect Days. Que devuelvan la agencia colectiva, que imaginen formas de vida que no dependan de la explotación ni del colapso. Historias que no nos pidan aspirar a ser los dueños del resort, sino a que el resort deje de ser el centro del mundo.
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📚Bibliografía📚
Blakeley, G., ‘Vulture Capitalism’, Bloomsbury, 2024
Blakeley, G., «Inflation is political», 2022: https://archive.is/20250722165645/https:/tribunemag.co.uk/2022/03/inflation-is-political
Blakeley, G., «The UK is a rich country built on mass poverty», 2026: https://graceblakeley.substack.com/p/the-uk-is-a-rich-country-built-on
Boltanski, Chiapello, ‘El nuevo espíritu del capitalismo’, Akal ediciones, 2002
Carbonell, O. ‘àliens, incels, cadàvers’, Substack, 01/2026 https://offxelia.substack.com/p/aliens-incels-cadavers
Delpierre, A. ‘Servir a los ricos’, Península, 2025
Duñó, T., López, G., «Richporn», 2024: https://www.ivoox.com/rich-porn-audios-mp3_rf_124771744_1.html
Erausquin, O., La rabia es nuestra, siglo veintiuno, 2025
Gómez Villar, A. ‘¿Qué hacemos con la clase media?, lengua de trapo, 2025
Kindler, J-P., A la mierda la autoestima, dadme lucha de clases, seriecero, 2025
Intermon Oxfam, «El 1% más rico del planeta ha generado en solo 10 días el total de emisiones que le correspondería para 2026» https://www.oxfamintermon.org/es/nota-de-prensa/emisiones-co2-1-por-ciento-mas-rico-10-dias-2026