Liberando guiones
Ya hace tiempo que sabemos que la nube realmente pesa y tiene un gasto energético muy alto, sobre todo por el almacenamiento de datos de aplicaciones y servicios web en centros de datos. ¿Qué necesitan estos centros para funcionar? ¿Dónde se están construyendo? En este vídeo analizamos el coste energético del internet más popular (el de las redes sociales privadas) y veremos algunas ideas de cómo pensar un internet sostenible (psttt, que pueda funcionar con energía renovable).
Emisión de CO2 y coste energético de internet
*Enviar un WhatsApp emite unos 0,2 gramos de CO₂. Hacer una búsqueda en Google: otros 0,2 gramos. Un email normal: 4 gramos. Un email con imágenes: hasta 50 gramos; el equivalente a dejar una bombilla encendida una hora. Y una hora de videollamada 1.000 gramos de CO₂. Un kilo.
¿Cómo se traduce eso a algo más cotidiano?
65 emails equivalen a recorrer 1 kilómetro en coche. O lo que es lo mismo: 1.300 WhatsApps = 1 km en coche. ¿Ves media hora de tu serie favorita en streaming? Eso equivale a 6 kilómetros en coche. Y, según un estudio de Shift Project los servicios de vídeo bajo demanda como Netflix o Prime generan tanto CO2 como todo Chile.
Y no olvidemos el spam, o lo que mucha gente engloba en la teoría del internet muerto; y es que gran parte de la actividad de internet es generada por bots. Cada día se envían 100.000 millones de correos electrónicos. El 85% es spam. Sí, 85%.
*Las tecnologías digitales no son herramientas virtuales, sino medios físicos: el intercambio de datos solo es posible gracias a
1) terminales (teléfonos inteligentes, ordenadores, tabletas, etc.),
2) infraestructuras de red (cables terrestres y submarinos, antenas de redes móviles, fibras ópticas, etc.), y
3) servidores y centros de datos. La producción y mantenimiento de estas estructuras también cuenta en el gasto energético y emisión de CO2 a la atmósfera.
Disclaimer: No soy de ciencias ni números, y haciendo la investigación sobre el coste energético de nuestras acciones digitales más sencillas vi que hay datos algo dispares. Así que como siempre, os dejo las referencias a las investigaciones de donde salen los datos y los cálculos para que podáis consultarlos por vuestra cuenta. Cualquier cosa comentamos por aquí abajo.
Nada de esto es nuevo, ya hace años que diferentes investigaciones señalan cómo va aumentando la huella de carbono de la industria digital a nivel mundial: cada vez hay más dispositivos en todo el mundo y la popularización del uso de la IA ha disparado el consumo global de energía en nuestro uso de internet.
El caso: la huella de carbono de la industria digital, que crece a un ritmo medio del 6 % anual, ya representaba entre el 3 % y el 4 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero en este estudio de The Shift Project, 2021. Si Internet fuera un país, sería el tercer mayor consumidor de electricidad mundial tras China y Estados Unidos. Y, en ese mismo informe señalaban que para el 2025 podrían llegar al 8%.
Según el estudio de Greenpeace “Clicking Clean” en 2017, la huella ecológica de este frenético tráfico digital equivale a un consumo aproximado del 7% de la electricidad mundial. En el primer estudio mencionado también señalan que el gasto energético no sería tanto si realmente hubiera ayudado a dejar de hacer otras acciones que generan mucho más CO2 a la atmósfera: por ejemplo, ahorrarse un avión para hacer una reunión presencial y hacerla online. Pero dicen que esto tampoco está ocurriendo. Sobre todo este consumo de internet lo difícil es visualizar el consumo de no solo los centros de datos sino también de los superordenadores que se usan para investigaciones y que cada vez más se están destinando al desarrollo de las IAs. Hemos oído hablar mucho de las IAs, incluso ya las usamos o hay quien las ha incorporado en su día a día; desde escribir cartas de presentación para trabajos, sintetización de textos largos o hasta chatear con un ordenador por aburrimiento.
Para hacernos una idea del gasto que suponen los superordenadores que se usan para la IA me gustó mucho el ejemplo que empleó el neurocientífico Daniel Tornero en un curso sobre IA y neurociencia. Dijo que Marenostrum, el superordenador que hay en Barcelona: maneja unos 11,1 PetaFLOPS y gasta 1,3MW/año. El superordenador más potente y grande que conocemos, el Oak Ridge National Laboratory Frontier Supercomputer tiene una potencia de 1,1 Exa FLOPS y gasta 30MW al año. Mientras que un portátil maneja unos 10 TeraFLOPS y gasta 50W. ¿Y un cerebro? pues maneja lo mismo que el superordenador más potente 1ExaFLOP y tiene un gasto estimado de 20W. Claro que un cerebro no procesa solo datos numéricos sino que gestiona todo un organismo, pero es de innegable potencia; lo que siempre lleva a la pregunta de por qué las IAs están tomando el control del trabajo creativo que disfrutamos hacer los humanos en vez de limpiarnos la casa.
Y si ya entramos a hablar del consumo de las IAs como ChatGPT, vemos que tanto el consumo de energía como la emisión de CO2 se disparan. Pero no solo eso, sino también el coste económico de crear y entrenar estas IAs. Marta Peirano, en un artículo muy bueno sobre la historia de las IAs comenta que entrenar una IA como Chatgpt cuesta 80M de dólares (y muchísima energía). Eso sí, Peirano explica que al aprender las cosas con técnicas de machine learning, una vez una IA aprende algo lo puede transmitir de forma exacta e instantánea a toda la red; cuando una IA aprende algo, también lo saben las demás. Peirano señala que claro, esto no significa que hayan aprendido algo bueno, apropiado o verdadero… No sé si habéis visto que ahora Spotify ha invertido 600M de dólares en drones militares con IA para Europa, en una empresa que empezó como desarrolladora de software militar basado en IA. Y más allá de sus inversiones en armamento militar, el CEO de Spotify Daniel Ek defiende que la IA impulsará la creatividad de los artistas, cuando lo que estamos viendo es cómo nuestras listas se llenan de canciones hechas por IA cuyos derechos son de Spotify mismo (es el caso de las canciones para escuchar “de fondo mientras trabajas, Lofi, etc; de ahí que en Youtube se estén haciendo populares los vídeos de personas tocando en directo canciones relajadas bajo el lema ‘NO AI’. Spotify en vez de remunerar bien a los artistas que tiene cautivos en su monopolio musical digital prefiere reinvertir en otras, digamos, industrias.
Y es que el desarrollo de IA es muy caro, requiere de muchísimos microchips y tarjetas gráficas muy costosas. Y seguro que ya habrás escuchado cuánto gasta hacer una pregunta al ChatGPT, pero por si acaso te lo voy a recordar: generar un texto de 100 palabras en ChatGPT consume 519ml de agua, el equivalente a una botella, y gasta 0,14kWh, lo suficiente para alimentar 14 bombillas LED durante una hora. Así no parece mucho, pero según un análisis del Washington Post en conjunto con investigadores de la Universidad de California (y que he leído en este artículo en The National Geographic), Si solo el 10% de la población activa en Estados Unidos usara este servicio semanalmente, el consumo anual de agua ascendería a más de 435 millones de litros, suficiente para abastecer a todos los hogares de un estado como Rhode Island, de un millón de habitantes, durante un día y medio. Y, si solo el 10% de los trabajadores estadounidenses usara esta tecnología semanalmente, el gasto anual de electricidad equivaldría al consumo energético de todos los hogares de Washington, D.C., de más de 600.000 habitantes, durante 20 días.
La IA y la producción de los aparatos tecnológicos es de lo que más gasta; sobre todo en su proceso de producción, por la obtención de los materiales necesarios para elaborar teléfonos, ordenadores y todas las piezas que los componen. Pero si bien todo esto lo podemos imaginar y dimensionar un poco porque estamos familiarizados con su presencia no para los mismo con los centros de datos y los cables que conectan todo el mundo, esenciales para que podamos acceder y habitar internet.
La fisicidad de los cables y los centros de datos
¿Qué es la nube? Aunque suene etéreo o casi mágico, la nube es simplemente el nombre que le damos a los servicios que almacenan nuestras fotos, documentos, correos electrónicos, vídeos virales, canciones del momento, películas y mapas digitales que usamos a diario.
La usamos constantemente, desde el móvil, la tablet o el ordenador, casi sin darnos cuenta. Pero lo curioso, como decía José Luis de Vicente en un artículo en el CCCB Lab ya en 2014, es que esta metáfora de “nube” puede ser una de las más engañosas que ha creado el marketing. Porque detrás de ella no hay nada ligero ni intangible. La nube es, en realidad, una gigantesca infraestructura física: enormes centros de datos repartidos por todo el mundo que consumen cantidades ingentes de energía. Una industria pesada que, en muchos aspectos, se parece más a las fábricas de la era industrial que a algo flotando en el cielo. En este mismo artículo, de Vicente apunta que los centros de datos están destinados a convertirse en símbolos arquitectónicos de un nuevo poder, en castillos de la era de la información. Más de 10 años más tarde seguimos sabiendo poco de estos centros, es difícil que mantengan la opacidad de entonces, pero intentan proyectarse en prensa como oportunidades para los territorios en los cuales se construyen.
Es a partir del 2010 que empezamos a tomar consciencia del peso de la nube con el interés que empiezan a despertar algunos de los centros de datos. Uno de los más destacados del momento fue Pionen, en la montaña de Sodermalm en Estocolmo, que era un antiguo refugio nuclear reconvertido en un centro de datos inspirado en las películas de James Bond de los años 60. Pertenece al proveedor de internet Banhof y saltó a la fama mundial por haber acogido durante un tiempo en sus servidores los secretos de Wikileaks.
¿Qué necesita un centro de datos para funcionar?
Antes de la nube, ya existían centros de datos así que empezamos a usar internet para usos más cotidianos como compras, escuchas de cds o visionados de películas online. Todo lo que necesitaban entonces y ahora era: cable de fibra óptica, abundante agua y electricidad barata. En los primeros años de desarrollo de los servicios de internet, con la aparición de los futuros oligopolios de internet como Amazon, Microsoft o Apple, es decir, a finales del siglo XX, la mayoría de empresas tenía sus servidores dentro de EEUU. El clúster más grande se encontraba en Virginia del Norte, que atrajo a muchos proveedores de internet ya que en la zona había empresas de alta tecnología y contratistas militares aparte de electricidad barata alimentada por el carbón de los Apalaches y, claro, las exenciones fiscales que el estado de Virginia concedía a los centros de datos. Como cuenta el periodista Alec MacGillis en su ensayo Estados Unidos de Amazon, a raíz del 11S se creó una nueva demanda de almacenaje de datos de alta seguridad: los edificios que antes eran de la estructura más simple empezaron a equiparse con trampas, accesos controlados por escáneres biométricos, etc.
Y entonces llegó la nube: que aportaba la diferencia de usar aplicaciones desde servidores que son tuyos. En 2006 Amazon lo vio claro e hizo la empresa de Amazon Web Services, que ofrecía el servicio de almacenamiento de datos. Este servicio fue usado por grandes empresas como News Corp, Airbnb o Coca-Cola, e incluso por sus competidores directos como Apple y Netflix. Los ingresos de este servicio eran una décima parte del total de Amazon. Visto el éxito de AWS y la demanda, más empresas empezaron a ofrecer los mismos servicios los centros de datos empezaron a aumentar exponencialmente en Virginia del Norte. En aquel entonces, cada centro de datos consumía la cantidad de energía equivalente a 5000 hogares.
Esto nos da un poco de marco sobre el coste energético de internet y de su fisicidad. El investigador Carlos Delclós señala que internet es mucho más que un medio de comunicación y precisamente es en los centros de datos que podemos ver que es también un sistema global de gobierno y control con una lógica propia. La acumulación incesante que se lleva a cabo a través de estos centros de datos permite la ‘vigilancia’, que dice Delclós y la expansión.
Si en los inicios los centros de datos se concentraban en Virginia del Norte y aún EEUU y China son los países que tienen más centros de datos, hace unos años que están empezando a construirlos fuera de sus fronteras. Se están instalando en diferentes ubicaciones del sud global con escasez de agua y frío, pero que a pesar de todo les sale mucho más barato a las empresas. Ya hace tiempo que se habla de esto como una nueva forma de colonialismo en el mundo contemporáneo. Es más, vienen vendiéndose como oportunidades para el territorio y generador de sitios de trabajo; como cuando el gobierno quería instalar el Hard Rock en Tarragona, ocultando el impacto ambiental con una promesa de trabajo (precario y mal pagado). En México se comenta que los centros de datos se han convertido en un pilar para la transformación digital del país. ¿Qué empresas tienen centros de datos allí?
Microsoft, Google, Kio Networks: infraestructura de alta seguridad y escalabilidad.
IBM México: soluciones híbridas y computación en la nube.
Amazon Web Services (AWS): líder global con operaciones locales.
Equinix: conectividad internacional con enfoque en sostenibilidad.
Sí, México, concretamente Querétaro, se está convirtiendo en el hub de centros de datos en américa latina, pero hay serias dudas sobre su impacto medio ambiental: gran consumo energético y de agua, por no hablar del enorme espacio físico que obliga a las comunidades indígenas a desplazarse a otras zonas. Y es que los centros de datos están monopolizando el agua, llevan contaminación en medio de un contexto opaco y de promesas incumplidas por parte de los gigantes tecnológicos y las autoridades gubernamentales. La región de Querétaro enfrentó en 2024 la peor sequía del siglo, dejando al 14,8% de su población sin acceso constante a agua potable mientras los centros de datos continuaban operando con sistemas de enfriamiento dependiente en agua. Para ver la dimensión, en el artículo en Wired recogen que en esta región el agua viene del acuífero del Valle de San Juan del Río y que habría una concesión de 600 millones de litros anuales para empresas tecnológicas (seguramente solo de Microsoft), y que esa cantidad es 6 veces la cantidad de agua destinada a la población de la ciudad. Y no solo eso, sino que un 76% de las fuentes de agua en Querétaro están contaminadas por desechos industriales, siendo no aptas para el consumo humano.
En el libro Las redes son nuestras, Marta G. Franco recoge un poco el caso de España, concretamente de Madrid, donde también se está autorizando la construcción de centros de datos a pesar de ser territorio en peligro de desertificación (2024: 103). También bajo el lema de innovación digital y creación de sitios de trabajo (a costa de privatizar territorios y recursos).
Si no queremos renunciar a internet (y no solo a internet, el abastecimiento global de energía no puede depender de los combustibles fósiles y de relaciones internacionales con países que pueden amenazar con cerrar el grifo), es más urgente que nunca atacar la cuestión del almacenamiento de datos y, sobre todo, de cómo se abastecen energéticamente todas las partes implicadas en el mantenimiento y acceso de internet (que como decíamos no es solo el gasto en sí sino también la producción de los dispositivos, el extractivismo de recursos escasos y generando conflictos en los territorios de dónde se obtienen). Marta G. Franco recoge el libro de Paz Peña Tecnologías para un planeta en llamas donde analiza el absurdo del sistema digital: “Solo entre un 6 y un 12% de la energía consumida en los data centers se dedica a procesos de cálculo activos. El resto se destina a la refrigeración y al mantenimiento de cadenas y cadenas de dispositivos de seguridad reiterativos para evitar costosos tiempos de inactividad. Se trata de una infraestructura altamente ineficiente.” Por lo que Marta G. Franco señala que para que la digitalización en la que tanto se insiste desde Europa para frenar el cambio climático hace falta, como mínimo, que el 100% de la energía usada sea renovable; claramente muy lejos de la situación actual.
Y es que si el consumo de electricidad de las tecnologías de la información es el 7% del consumo mundial, la Unión Europea prevé que llegue al 13% en 2030. De ahí la urgencia de transitar a las energías renovables.
Transición energética, pero no a cualquier precio:
Necesitamos abastecernos de energías renovables, sí. Pero su obtención no se puede implantar de cualquier manera. Aunque las energías renovables tienen un gran potencial positivo, su implantación se está haciendo, en muchos casos, de forma desordenada y con un modelo similar al de los combustibles fósiles: concentrado en pocas empresas, sin participación ciudadana, ignorando las necesidades locales y tratando las garantías ambientales como meros trámites.
En el estudio “RENOVABLES RESPETUOSAS CON LAS PERSONAS Y LA BIODIVERSIDAD” de Greenpeace, denuncian que algunas empresas priorizan sus beneficios sobre las personas y el planeta, y que, en muchos casos, la legislación lo permite. Además, han recopilado ejemplos concretos de estas malas prácticas, visibles en un mapa que acompaña su análisis al que podéis acceder desde el enlace en la descripción.
Greenpeace denuncia que el desarrollo de energías renovables en suelo, aunque necesario, está reproduciendo dinámicas de los combustibles fósiles: concentración empresarial, falta de participación ciudadana y desprecio por el medioambiente.
Una de las prácticas más extendidas es la fragmentación de proyectos, donde grandes instalaciones se dividen artificialmente en proyectos menores para eludir evaluaciones ambientales completas o para tramitarse a nivel autonómico. Esto impide analizar los impactos acumulativos y reduce la transparencia. Ejemplos claros se han dado en Aragón, Galicia y Andalucía.
Otra práctica habitual son las afecciones a espacios protegidos o sensibles, como parques eólicos o fotovoltaicos proyectados en zonas de la Red Natura 2000 o con alto valor ecológico. En Galicia, Cataluña y Andalucía se han detectado numerosos casos donde los promotores han ignorado normativas de protección ambiental o local.
Además, varios proyectos presentan deficiencias graves en sus estudios de impacto, desde la omisión de riesgos para la biodiversidad hasta la falta de medidas para proteger humedales, hábitats o acuíferos. También se ha documentado contaminación acústica y alta mortalidad de fauna, especialmente aves y murciélagos, por mal diseño o mala ubicación de aerogeneradores.
En algunos casos, incluso se han iniciado las obras sin cumplir con los requisitos legales, o se han aprobado proyectos pese a recibir numerosas alegaciones técnicas y ciudadanas.
Estas prácticas, según Greenpeace, no solo dañan el medioambiente, sino que también desacreditan la transición energética, generando desconfianza y retrasos innecesarios. La organización pide un despliegue ordenado, justo y respetuoso con las personas y la biodiversidad.
Buenas praxis a través del informe proporcionado de Fundación renovables
En el mismo estudio de Greenpeace mencionan también buenas praxis sobre la instauración de zonas para generar energía renovable. Y es que para que los parques eólicos y fotovoltaicos sean realmente sostenibles, deben ir más allá de cumplir requisitos legales y establecer una relación justa con las comunidades y la biodiversidad. Existen buenas prácticas que fomentan este equilibrio, como la participación temprana de la población en el diseño del proyecto, el uso compartido del suelo (agrícola, ganadero o apícola), la creación de empleo local, o el autoconsumo para personas vulnerables. También se valora evitar zonas protegidas, suelos agrícolas de alto valor o expropiaciones forzosas, así como abrir la inversión a la ciudadanía.
Algunas administraciones locales destacan por destinar ingresos fiscales renovables a fines sociales, como ayudas para pagar la luz, fomento de natalidad, mejoras sociales e infraestructuras. Estas experiencias muestran que el despliegue renovable puede ser una oportunidad real para el desarrollo local si se gestiona con responsabilidad. Y, un ejemplo de ello serían las Zonas de Aceleración Renovable o ZAR (que no los antiguos emperadores rusos).
La Fundación Renovables ha reclamado a los gobiernos de España y Portugal que el diseño de las Zonas de Aceleración Renovable, conocidas como ZAR, se haga de forma justa, ordenada y con participación ciudadana. Estas zonas son áreas donde se facilitará la instalación de energías renovables.
Se trata de una forma de impulsar una transición energética que tenga en cuenta no solo la producción, sino también la demanda energética, el respeto ambiental y las necesidades sociales. Por eso, han publicado una guía con buenas prácticas que proponen cuatro medidas clave:
- Priorizar suelos degradados o ya alterados por el ser humano, para minimizar el impacto ambiental.
- Garantizar la información pública y el debate ciudadano antes de implantar una ZAR. (Y no como ocurría con los casos que comentábamos antes o incluso con la implantación de centros de datos).
- Incorporar las propuestas de la población local en los proyectos, desde empleo hasta protección de la biodiversidad.
- Asegurar el seguimiento y la revisión de los proyectos con participación ciudadana, para adaptarlos a nuevas realidades.
El objetivo es claro: lograr que el despliegue renovable no solo acelere la descarbonización, sino que también genere beneficios locales, garantice transparencia y reciba el apoyo de la sociedad. Salir de la opacidad o desinterés que suelen envolver todas estas iniciativas.
Y tener el ojo puesto en la implantación de todas estas medidas es imprescindible para girar hacia poder crear y habitar un internet que genere una huella de carbono menor (esto y dejar de usar IAs sin necesidad).
Cierre
En este vídeo cuenta con la colaboración de Panorama, que trabaja para concienciar sobre el cambio climático apoyando a vídeos y creadores como este:) Hoy solo hemos apuntado algunas cosas, pero el consumo de vídeos en Youtube también gasta energía. Este concretamente emite entre 100 y 400 gramos de CO2. Así que os dejo algunas ideas para reducir el impacto energético de nuestros visionados a partir de ahora.
Bajar la resolución del vídeo: Verlo en 480p o 720p en lugar de 1080p o 4K reduce drásticamente el consumo. Usar Wi-Fi en vez de datos móviles: Las redes móviles (4G/5G) consumen entre 2 y 4 veces más energía que el Wi-Fi. Escuchar sin imagen si no es necesario: Si es un podcast o charla, puedes apagar la pantalla o usar modo solo audio. Ver en pantallas pequeñas: Un móvil o tablet consume menos que una Smart TV. Evitar reproducir en segundo plano sin atención: Muchas veces dejamos vídeos corriendo sin mirarlos. Usar plataformas eficientes o con modo ahorro: Algunas apps tienen modos de bajo consumo de datos y energía.
Muchas gracias, bye
Bibliografía
libros y artículos
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Vídeos, podcasts y cursos
¿Por qué internet se está quedando sin energía? https://www.youtube.com/watch?v=xHuoWV3Jwik
Internet ya no está en la nube https://www.youtube.com/watch?v=1XrjhnQlaRk
Curso ‘IA y neurociencia’ en el Institut d’Humanitats de Barcelona. Sesión con Daniel Tornero sobre la relación entre la IA y el cerebro humano. https://www.instituthumanitats.org/ca/cursos/ia-i-neurociencia-presencial / https://www.instagram.com/p/C3Dau-BKqAa/
Cold War Bunker 100ft. deep: Banhof’s data center “Pionen”, https://www.youtube.com/watch?v=wn8pz1HLYp8


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